Mi padre era Altakaidh el forjador, herrero gorand de las montañas del sur. Yo sigo su linaje en estas horas oscuras que parecen no tener fin…
Mi padre siempre me previno sobre los elfos. “Son malvados, intrigantes, disparan y esconden la mano, siempre”...
De los humanos no decía tampoco nada bueno, se llenaba la boca de insultos cuando oía hablar especialmente de los dornitas, “carroñeros de dos patas, peores que la rabia”.
Los gnomos y los medianos eran “pura escoria, nacidos de madres enfermizas, faltos de coraje… y muy flacos”.
Los orcos le merecían un poco más de respeto, al menos peleaban como jabatos y nunca cejaban en su empeño hasta conseguir lo que se propusieran… Eran escoria, por supuesto, pero sus maneras eran parecidas a las nuestras, así que al menos como guerreros se les respetaba algo más.
Mi padre siempre me previno sobre La Sombra. Sobre todas sus manifestaciones. Mientras me enseñaba a herrar, también me daba lecciones de la vida. Sus hachas eran las más afiladas de todo el Sur. A menudo, cuando venían delegaciones de caudillos enanos a hablar con los gorand del sur, siempre paraban ante la forja de mi padre a admirar su trabajo…
Mi padre murió a manos de 6 orcos, negros como la noche y verdes como la hierba que matan al pasar. Con sus manos había acabado aquel día con 20 de sus “respetados guerreros”, pero su forja se enfrió y nunca más se volvió a arreglar un hacha o un martillo en sus galerías.
Mis 3 hermanos murieron cuando yo aún ni empezaba a sopesar el peso del hacha en mis manos. Conocí sólo sus hazañas y sus pertenencias mucho después, cuando tras la evacuación de las galerías exteriores nos llevaron a todos los niños hacia el interior y mi madre desempacó las cosas de mis hermanos… Maghawadha, Ardhem y Dhenassordh revivieron en sus labios y pude oír sus voces, sus risas, sus lamentos.
Pero La Sombra lo había llenado todo.
Yo siempre había sido de buena vista, siempre acertaba a ver a los enemigos antes que cualquier otro, por ello fui elegido por nuestro caudillo, junto con 8 compañeros más, para conformar la delegación gorand que debía pedir ayuda a los durgis en las Kaladrun del norte.
Dejamos a nuestros compañeros y familiares en una situación desesperada. Pero ni por asomo pudimos creer lo que vimos cuando salimos al exterior… los orcos lo abarcaban todo, sus huestes campaban a sus anchas en las montañas, en los desiertos y hasta en los bosques que aún quedaban en pie. Todo olía a orco. Todo hedía a Izrador.
Poco a poco fuimos avanzando hasta nuestro destino. Los orcos no nos dejaban avanzar en paz, siempre tras nuestros pasos, y los compañeros fueron cayendo: primero Ahekoor, hijo de Ikumuk; luego Aghanor, hijo de Tzarrakuk. Tras nosotros íbamos dejando un reguero de sangre negra, pero parecían no tener fin los ejércitos de las bestias. Al principio no cortábamos las cabezas de los muertos, hasta que un gnomo nos advirtió de que los caídos se levantan por la noche a saldar sus cuentas pendientes. Ahora no hay cabeza que resista mi hacha.
En una ocasión nos encontramos a una partida humana, dornitas bigotudos, y nos pidieron ayuda. Nosotros no nos podíamos negar y así vimos algo más de sus vidas miserables en el exterior… sin embargo, aquella ayuda contra el cerco orco terminó en desastre y sólo pudimos meternos otra vez en las galerías secretas antes de ver cómo la última choza de aquel poblado acababa sus días en llamas. Por desgracia, no fue la única que ardió.
Dhemekuk, herido de muerte, y yo éramos los únicos que habíamos llegado al destino del norte. Habíamos tardado el triple de tiempo que en la época de paz, antes de la invasión. Los durgis nos trataron tan bien que casi se me olvidó que estábamos cercados por dos ejércitos orcos completos. Dhemekuk me confió su hacha más preciada, a la que arreglé el mango y puse finalmente en su pira funeraria. Hoy hace 12 años que lo enterramos.
Todo este tiempo me he quedado con los durgis, sobre todo tras saber de la caída de mis queridas montañas del sur. Aquí he concido a Wafarka, mi orgullosa esposa, y hemos tenido a nuestro primer varón, que hemos llamado EgenDhemekuk, en honor a mi compañero caído.
He vivido en este poblado con elfos, humanos, gnomos y medianos, incluso con algún orco arrepentido, y puedo decir que mi padre, Altakaidh el forjador, se equivocaba. Todos caímos ante la desidia y la perfidia. Todos fuimos culpables de lo sucedido. Ahora sólo queda luchar y morir. Espero que cuando llegue mi hora, al menos me corten la cabeza.