domingo, 11 de febrero de 2007

Jafí, de los enanos

Mi padre era Altakaidh el forjador, herrero gorand de las montañas del sur. Yo sigo su linaje en estas horas oscuras que parecen no tener fin…

Mi padre siempre me previno sobre los elfos. “Son malvados, intrigantes, disparan y esconden la mano, siempre”...

De los humanos no decía tampoco nada bueno, se llenaba la boca de insultos cuando oía hablar especialmente de los dornitas, “carroñeros de dos patas, peores que la rabia”.

Los gnomos y los medianos eran “pura escoria, nacidos de madres enfermizas, faltos de coraje… y muy flacos”.

Los orcos le merecían un poco más de respeto, al menos peleaban como jabatos y nunca cejaban en su empeño hasta conseguir lo que se propusieran… Eran escoria, por supuesto, pero sus maneras eran parecidas a las nuestras, así que al menos como guerreros se les respetaba algo más.

Mi padre siempre me previno sobre La Sombra. Sobre todas sus manifestaciones. Mientras me enseñaba a herrar, también me daba lecciones de la vida. Sus hachas eran las más afiladas de todo el Sur. A menudo, cuando venían delegaciones de caudillos enanos a hablar con los gorand del sur, siempre paraban ante la forja de mi padre a admirar su trabajo…

Mi padre murió a manos de 6 orcos, negros como la noche y verdes como la hierba que matan al pasar. Con sus manos había acabado aquel día con 20 de sus “respetados guerreros”, pero su forja se enfrió y nunca más se volvió a arreglar un hacha o un martillo en sus galerías.

Mis 3 hermanos murieron cuando yo aún ni empezaba a sopesar el peso del hacha en mis manos. Conocí sólo sus hazañas y sus pertenencias mucho después, cuando tras la evacuación de las galerías exteriores nos llevaron a todos los niños hacia el interior y mi madre desempacó las cosas de mis hermanos… Maghawadha, Ardhem y Dhenassordh revivieron en sus labios y pude oír sus voces, sus risas, sus lamentos.

Pero La Sombra lo había llenado todo.

Yo siempre había sido de buena vista, siempre acertaba a ver a los enemigos antes que cualquier otro, por ello fui elegido por nuestro caudillo, junto con 8 compañeros más, para conformar la delegación gorand que debía pedir ayuda a los durgis en las Kaladrun del norte.

Dejamos a nuestros compañeros y familiares en una situación desesperada. Pero ni por asomo pudimos creer lo que vimos cuando salimos al exterior… los orcos lo abarcaban todo, sus huestes campaban a sus anchas en las montañas, en los desiertos y hasta en los bosques que aún quedaban en pie. Todo olía a orco. Todo hedía a Izrador.

Poco a poco fuimos avanzando hasta nuestro destino. Los orcos no nos dejaban avanzar en paz, siempre tras nuestros pasos, y los compañeros fueron cayendo: primero Ahekoor, hijo de Ikumuk; luego Aghanor, hijo de Tzarrakuk. Tras nosotros íbamos dejando un reguero de sangre negra, pero parecían no tener fin los ejércitos de las bestias. Al principio no cortábamos las cabezas de los muertos, hasta que un gnomo nos advirtió de que los caídos se levantan por la noche a saldar sus cuentas pendientes. Ahora no hay cabeza que resista mi hacha.

En una ocasión nos encontramos a una partida humana, dornitas bigotudos, y nos pidieron ayuda. Nosotros no nos podíamos negar y así vimos algo más de sus vidas miserables en el exterior… sin embargo, aquella ayuda contra el cerco orco terminó en desastre y sólo pudimos meternos otra vez en las galerías secretas antes de ver cómo la última choza de aquel poblado acababa sus días en llamas. Por desgracia, no fue la única que ardió.

Dhemekuk, herido de muerte, y yo éramos los únicos que habíamos llegado al destino del norte. Habíamos tardado el triple de tiempo que en la época de paz, antes de la invasión. Los durgis nos trataron tan bien que casi se me olvidó que estábamos cercados por dos ejércitos orcos completos. Dhemekuk me confió su hacha más preciada, a la que arreglé el mango y puse finalmente en su pira funeraria. Hoy hace 12 años que lo enterramos.

Todo este tiempo me he quedado con los durgis, sobre todo tras saber de la caída de mis queridas montañas del sur. Aquí he concido a Wafarka, mi orgullosa esposa, y hemos tenido a nuestro primer varón, que hemos llamado EgenDhemekuk, en honor a mi compañero caído.

He vivido en este poblado con elfos, humanos, gnomos y medianos, incluso con algún orco arrepentido, y puedo decir que mi padre, Altakaidh el forjador, se equivocaba. Todos caímos ante la desidia y la perfidia. Todos fuimos culpables de lo sucedido. Ahora sólo queda luchar y morir. Espero que cuando llegue mi hora, al menos me corten la cabeza.

sábado, 10 de febrero de 2007

La Tierra de La Sombra

En el principio de los tiempos, antes del nacimiento de la historia, hubo una guerra en los cielos. En su desesperación, los Señores de la Luz intentaron acabar con el espíritu negro del dios oscuro, Izrador, expulsándolo así del Reino Celestial.


Los dioses lograron vencer a su hermano, pero Izrador corrompió su magia y convirtió su derrota en victoria. Mientras el espíritu del dios caído era separado de su forma física, también se iba separando el mismo Reino Celestial de todo contacto con el reino material. Los Señores de la Luz se dieron cuenta entonces de que ya no podrían estar en comunión con sus hijos mortales. El dios oscuro cayó a la Tierra y su infecta esencia lo tiñó todo con su maligna sombra. Debilitado y sin forma corpórea, Izrador se retiró a los yermos helados del lejano norte. Allí durmió, recuperando poco a poco su fuerza y soñando con una venganza que perdurara durante eones. Los imperios florecían y desaparecían, las razas nacían y se extinguían, pero La Sombra del Norte se hacía cada vez más profunda y oscura.

En tres ocasiones se alzó el dios caído para amenazar a las naciones de Aryth a base de hierro y magia oscura. Cuando la Primera Era llegaba a su fin, un elfo guiado por Aradil, La Reina Bruja, se enfrentó y derrotó a las hordas de Izrador en las llanuras de Eris Aman. Al final de la Segunda Era, los elfos se unieron a los caudillos enanos de Kaladrun y a los reyes bárbaros dornitas para expulsar una vez más a las huestes del dios oscuro en la Batalla de los Tres Reinos.


A finales de la Tercera Edad, La Sombra logró corromper a cuatro de los héroes más grandes de Aryth. Fueron estos nuevos siervos, los Reyes de la Noche, los que lideraron a las hordas infectas de Izrador por todas las tierras del mundo.


Y, esta vez, el dios oscuro venció.

Los clanes enanos fueron aniquilados y se retiraron a sus fortalezas en las profundidades de la tierra. Los elfos se retiraron a sus enormes y antiguos bosques, dejando a los demás a merced de La Sombra. Los dornitas, domados durante la Tercera Edad por un poder proveniente de allende los mares, fueron traicionados por los suyos y se rindieron ante los Reyes de la Noche. La corrupción de Izrador se extendió desde los antiguos campos de batalla de Eredane hasta que todo el mundo conocido hubo quedado bajo el poder de La Sombra.


Ha pasado un siglo desde el fin del mundo.

Después de la guerra, Izrador y los Reyes de la Noche decidieron comenzar una campaña para consolidar su poder y borrar a sus enemigos de la faz de la tierra. Para ello, están cazando y exterminando sistematicamente a las antiguas razas. El gigantesco bosque de Erethor es ahora una isla de luz en un mundo sumido en la oscuridad, ya que los elfos continúan luchando en una interminable guerra contra las hordas sitiadoras de trasgos. Los clanes enanos que han sobrevivido se han encerrado en sus fortalezas de las montañas y las calles de las una vez orgullosas ciudades subterráneas ahora son meros campos de batalla para las tropas de los Reyes de la Noche enviadas allí para destruirlas.

Mientras una desesperada guerra se ceba con los dominios de las razas ancestrales, las tierras de los hombres son gobernadas con mano de hierro por los sirvientes de La Sombra. Muchas urbes han quedado en ruinas y las gentes viven en pequeñas ciudades amuralladas, cuyos portones cierran a cal y canto para defenderse de la oscuridad cada noche. Saber leer y escribir, así como enseñar o aprender, está penalizado con la muerte y la ignorancia se extiende por todos lados como una terrible plaga.

Debido a que el velo se ha quebrado, las almas de los muertos no pueden abandonar esta tierra en busca de su morada eterna del más allá, por lo que todos los fallecidos si no se les corta la cabeza o se les incinera, regresan... hambrientos de carne y sangre.

Mientras La Sombra se cierne sobre el mundo, unos pocos héroes valientes se atreven a plantarle cara a la tiranía de los Reyes de la Noche, luchando para contener la marea de oscuridad y devolver la esperanza a un mundo desesperado. Perseguidos por los infectos servidores de los Reyes de la Noche y por los legados de la Orden de la Sombra, estos héroes nunca serán recibidos con desfiles y festejos como recompensa por sus nobles logros. Sus enemigos más poderosos son en ocasiones la sospecha, el recelo y el miedo de las gentes que intentan defender y proteger.

Este es el mundo de Midnight...